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Publicado el 13 febrero, 2017


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Por: Jorge Adrián Guajardo Hernández, exalumno de la Generación 2014, quien actualmente realiza un intercambio en Israel.

Estos últimos cuatro meses he vivido una de las mejores experiencias de mi vida. He convivido con musulmanes, judíos y cristianos, caminado por Tierra Santa e investigado nuevas terapias inmunogenéticas para combatir el cáncer de mama. En mi quinto semestre de carrera en Alemania, tuve la oportunidad de tomar un programa de intercambio en Haifa, Israel, en el cual la intención principal era embarcarme en un proyecto de investigación en la universidad del Technion. Creo que les parecerá interesante leer un poco sobre esta aventura y conocer la realidad de estudiar en Tierra Santa.

Israel, un país relativamente joven, es el hogar de más de ocho millones de personas, en las cuales aproximadamente tres cuartas partes son judíos, una cuarta parte musulmana, y menos del 3% cristianos. El ambiente es extremadamente distinto al que uno se puede imaginar, ni la cultura estadounidense, latinoamericana ni europea se asemejan a la gran diversidad y la intensidad con la que se vive en Israel. Desde saber que todo transporte público y tiendas cierran los viernes por la tarde al comenzar el Shabbat, o hasta antes de ponerse el sol, donde empiezan los cantos en dirección a La Meca en las diferentes mezquitasconlleva  a adentrarse en un mundo nuevo y desconocido. Tengo que admitir que al inicio,  todo parecía extraño; pero al convivir con árabes cristianos, árabes musulmanes, judíos israelíes y, como yo, extranjeros en busca de oportunidades, uno se adentra en la rutina común y corriente de estas personas. Lo que hay que saber es que son personas que viven en una situación religiosa y política muy complicada, y a pesar de ello,  buscan lo mismo que cualquier persona a la que denominamos normal , que busca seguridad para su familia, un futuro próspero y oportunidades de éxito.

Durante mis días en el Liceo, jamás imaginé que ese muchacho que daba la vida en los partiditos de fútbol en los descansos, caminaría por la Vía Dolorosa, conocería el lugar donde a María se le fue anunciado que sería la Madre de Dios, y que visitaría el lugar donde nació ese Niño que cambiaría la historia del mundo. Vivir en Tierra Santa fue un privilegio del cual estoy muy agradecido de haber experimentado. Es común escuchar “uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde”; pues bueno, les aseguro que para mí, haber vivido en la tierra prometida por Dios al pueblo judío, misma tierra donde llegaría después el Hijo de Dios, fue algo que aproveché cada día al máximo. Poder visitar casi semanalmente el Calvario, el Monte de los Olivos, y la casa de los Padres de María se transformaron en actos ordinarios para mí, pero que aún así, cada vez era diferente e igual de sorprendente que el anterior.

Cabe agregar que tuve la oportunidad de visitar el centro de retiros Saxum a pocos kilómetros de Jerusalén, en Abu Gosh, que está cerca de concluir su construcción. Para los que no conocen el proyecto Saxum, les invito a investigar un poco, ya que necesitaría unos cuantos párrafos más para comentarlo.

Sin embargo, el propósito principal de mi semestre de intercambio, no fue directamente conocer todos estos lugares Santos e interactuar con tanta variedad de personas. Estuve viviendo en una residencia universitaria del Opus Dei en Haifa, junto con dos españoles, un brasileño y un sacerdote mexicano. Llevé a cabo un proyecto de investigación en el Technion que consistía en explorar nuevas terapias immunogenéticas para combatir el cáncer. Específicamente estudié la respuesta inmunológica de células humanas de cáncer de mama a nivel molecular y en dependencia de ciertos factores microambientales.

Trabajaba diariamente junto con tres investigadores de post doctorado, tres estudiantes de doctorado y una estudiante de maestría, todos judíos. Es una realidad, que la formación académica y espiritual que el Liceo me infundió, se vio reflejada en mi desempeño diario dentro y fuera del laboratorio. Me invitaron a dar presentaciones en las juntas de grupo, me pedían apoyo para métodos específicos en los que tenía más experiencia, y al final terminé con una oferta de posgrado en esa ruta de investigación. Podrá sonar usual, pero uno se da cuenta que colegios como el Liceo, al involucrar a la familia y concentrarse en la persona, forman el carácter y la personalidad del individuo.

Estoy muy agradecido con mi familia y profesores que me ayudaron a formarme como persona, en especial con los profesores de High School, Ever Vásquez y Mario Sánchez Monroy, que me impulsaron a mejorar emocional e intelectualmente.

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