Con el temple del acero

Por: Pedro March Estaún

El hombre que se mantiene en el justo medio lleva el nombre de sobrio y moderado”,

Hace alrededor de un año conocí a un personaje versado en temas relacionados con la industria del acero y de la construcción, me comentaba que, en metalurgia, el temple es el tratamiento térmico al que se somete al acero para aumentar su dureza, resistencia y tenacidad, y rápidamente lo relacioné con la virtud de la templanza pues una persona que ha logrado el dominio de sí mismo, es una persona que tiene temple.

El lector en este momento podría hacerse la siguiente interrogante,  ¿a qué te refieres con el término templanza?

En una encuesta reciente, realizada a estudiantes de últimos semestres de universidades europeas, el 93.5% contestaron que por templanza entienden algo relacionado con sobriedad, respuesta que, sin ser profunda se acerca mucho al significado real de esta palabra.

La templanza -en términos pedagógicos- se podría definir como aquella virtud, por la cual empezamos a darnos cuenta de cuáles son nuestras necesidades reales y cuáles son imaginarias. El Catecismo de la Iglesia Católica la define de la siguiente manera: «La templanza es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados» (n.1809). Se podría hacer una versión resumida, muy sencilla pero quizás incluso más precisa: la templanza es la virtud por la que se modera lo agradable.

Toda meta humana que valga la pena alcanzar supone un esfuerzo, resulta ardua. Y siempre, en su consecución, se interpone algo que invita a abandonar el esfuerzo, aunque sólo sea la pura comodidad de dejar de esforzarse. Si uno se deja llevar por estos estímulos, no será capaz de conseguir lo que se propone, o no será capaz de conservarlo si lo ha conseguido.

La templanza no sólo hace posible hacer algo valioso, sino también hace posible ser alguien valioso, lo cual es aún más importante. Precisamente por controlar el tirón de lo apetecible, la templanza permite que sea lo más elevado del hombre, la razón y la voluntad, lo que le gobierne.

La templanza abre el corazón a la generosidad, que cimienta la amistad, pues el amor auténtico es un don de sí, no un sentimiento de agrado (aunque éste se encuentre habitualmente en su comienzo). Para querer a las personas, hay que liberar a la cabeza y el corazón del apego a las cosas y al propio agrado. Los hijos suelen valorar mucho la amistad, sobre todo en el periodo de la adolescencia. Y es precisamente la amistad una de las mejores referencias para poder explicarles el valor de la templanza. Tener amigos significa en la práctica, renunciar en numerosas ocasiones a la apetencia propia: salir cuando se antoja quedarse en casa, prestar cosas, jugar a lo que se decide contra el propio parecer o en el lugar menos apetecible, invitar algo cuando corresponde, y un largo etcétera.

Para sujetar nuestros instintos y deseos al dominio de la razón es imprescindible educar nuestra voluntad. Mientras que los animales tienen en su naturaleza reguladores automáticos de sus instintos, el hombre cuenta con su razón, con su inteligencia.

Actualmente vemos jóvenes esclavizados por la Internet, los celulares y por los videojuegos. Ante estas conductas excesivas, la moderación consistiría en la decisión propia de limitar su uso a ciertos horarios y la sobriedad sería la decisión de suprimir por un tiempo estas diversiones. Ambas decisiones, en pos de un mejor uso del tiempo libre: estudio, tareas, lectura, deportes, cultivo de las artes, convivencia familiar, hobbies, etc. Cuando así decidimos, logramos mayor libertad y en consecuencia somos más felices. Quien no tiene templanza (hábitos de moderación y de sobriedad) termina siendo esclavo de sus propios impulsos y pasiones. Basta ver a tantos adolescentes y jóvenes que viven esclavizados en las adicciones como la pornografía.

¿Qué nos corresponde hacer a padres y educadores? Nos corresponde ayudar a nuestros hijos y adolescentes a tomar las mejores decisiones. Ayudar primero a que reconozcan y acepten su cuerpo y todo lo que a éste pertenece: necesidades, sentimientos, deseos, impulsos, sensualidad, etc. Y luego a satisfacer con moderación y sobriedad, usando la razón, la voluntad y el corazón.

Hay niños y adolescentes que tienen el hábito de alimentarse con comida chatarra a todas horas, presentando obesidad y desnutrición. Un padre o educador puede ayudarlos a que reconozcan las horas precisas en que sienten hambre y a que decidan entre varias opciones de comida y golosinas saludables solamente dentro de esos horarios. De entrada sabemos que no será fácil, pues no están acostumbrados a reconocer errores, creen que se merecen comer todo lo que quieran y a que se les satisfagan todos sus caprichos, pero así como el hierro se templa en el yunque a base de calor y mazazos, así la persona se forja en la vida a través de un duro esfuerzo.

Seamos personas de temple y modelemos el de nuestros hijos. Moderemos conductas excesivas, mantengámonos sobrios ante el alcohol, tabaco, y alimentos que dañan nuestra salud. Al ver que respetamos nuestra propia dignidad y somos personas más plenas y felices, seguramente ellos también querrán dejarse guiar por la virtud de la templanza.

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