La moral en nuestros días

Por Rafael Hurtado Domínguez,
ex alumno del Liceo, maestría y doctorado en Gobierno y cultura de las organizaciones (U. de Navarra, España),
actualmente profesor e investigador en UP Guadalajara.

Hablar de lo que en teología se conoce como “moral fundamental” es relativamente nuevo y cada vez más sugerido en la actualidad. Dada la crisis que parece abrazar la cultura occidental, parece ser que la idea de volver a unos ciertos “valores” originarios es una constante en el discurso no sólo de filósofos, sino también de pensadores sociales, eminencias universitarias e incluso premios “Nobel”. Ya lo afirmaba Juan Pablo II cuando el tema de la moral salió a relucir con gallardía en su encíclica Veritatis Splendor (1993), documento magisterial en el que buscó dar respuesta a los siguientes planteamientos: ¿Es la vida moral un elemento indiscutiblemente cristiano?, o dicho de otro modo, ¿es el comportamiento ético relativo a la vida privada de cada persona?

Para muchos, la Fe Cristiana no es más que un “programa moral” o un set de normas que cumplen aquellas personas que tienen la creencia (o superstición) de la existencia de un Dios que se hace hombre. En realidad, el cristianismo integra la moral, pero es mucho más que eso. Plantea un diálogo entre la persona humana y el ser absoluto, que es Dios, con todas sus consecuencias relacionales; desde la libertad, la conciencia, la norma y hasta ley. Hablar en estos términos, reclama hacer acopio de habilidades intelectuales muy concretas y fundamentadas en un riguroso pensamiento filosófico, tomando como referencia la revelación (la fe revelada).

Sin embargo, hablar de lo que es moral o no en la actualidad es indudablemente la peor forma de iniciar una conversación de café, aunque cada vez menos. A diferencia de todo lo abarcado en las objetivaciones que realiza constantemente la ciencia (datos y estadísticas por ejemplo), indiscutibles en sí mismas por su carácter binario de “sí o no”, ponerse a discutir entre amigos o colegas sobre la vida moral de las personas abre una serie de incógnitas que en su mayoría terminan en amargos silencios que apuntan hacia el desacuerdo.

¿Cuál es la razón de esto? Para muchos habitantes del mundo occidental, la moral tiene que ver con el cristianismo y su juego de “premios y sanciones”, en particular en la vida sexual. “Si haces lo bueno, lo que te gusta, lo más seguro es que estés pecando”. “Si haces lo difícil, tal vez estés llegando a la virtud”. Al final de los tiempos (según este modo de entender el cristianismo) si el saldo de actos buenos es positivo, es decir, si haces lo difícil, prescindiendo de todo lo que engorda o da placer, lo más seguro es que te irás al cielo. Pero si andas por la vida según la racionalidad del Carpe Diem, lo más seguro es que te irás al infierno.

Esta mentalidad un tanto “masoquista” que se fundamenta en la prohibición ha perdido todo valor y vigencia, o al menos ya se distingue como excesiva. Sin embargo, en nuestro tiempo predomina como principio de comportamiento la moral de la “buena intención”. A fin de cuentas, parece que la moral es un conjunto mínimo de normas que permiten la convivencia. “Mientras no hagas daño a nadie, el bien y el mal es cosa de cada quien”, Algunos afirman heroicamente: “Los derechos de uno terminan donde comienzan los del otro”. ¿Es esto lo que define la moralidad de un acto?, ¿se puede reducir la moral a algo puramente subjetivo, o es algo más? Juan Luis Lorda, Profesor de la Universidad de Navarra, se refiere a la moral (del latín, mos-moris, costumbre) como el arte de vivir.

No, la moral no es una cuestión meramente subjetiva o un conjunto de reglas que se pueden seguir o no, mientras no se le haga daño a nadie. Para ser verdaderamente persona hace falta plantearse lo que es propio de “ser persona”. El término arte indica que la vida moral se asemeja a un taller en el que se aprenden conocimientos teóricos y técnicos, a partir de experiencias y destrezas que permiten con el paso de los años hacer esta o aquella actividad con maestría. “La práctica hace al maestro”, nos dice la sabiduría cotidiana, y a mi modo de ver esto es verdadero y lo seguirá siendo. Si alguien quiere aprender a tocar el bajo sexto, el acordeón o el saxofón, hace falta ir a la “comunidad de aprendizaje” para que alguien le enseñe a tocar el instrumento de su preferencia. En la vida moral (el arte de vivir como persona humana) hace falta ir a la comunidad donde se aprende a ser persona: la familia, pero este tema lo dejamos para después. Por ahora nos quedamos con la idea que la persona humana está hecha para vivir bien y feliz, como le es propio en cuanto persona.

¿Pero qué es vivir bien? Como ya se dijo, es vivir según lo propio de un ser humano, que siempre es relación, pues proviene de otra relación: la de sus padres. A veces pensamos que el hombre puede o debe dejarse llevar sólo por sus “instintos naturales”, al igual que los animales. Sin embargo, este modo de pensar no basta para llegar a ser feliz con mayúscula. El hombre es relación, y esta realidad alude al regalo más grande que tiene el ser espiritual, que es la libertad. El verme a mí mismo “existiendo” en la vida no me mueve a vivir bien. El tener hambre no me hace ser buen cocinero. Hace falta aprender a vivir bien, o mejor dicho “querer aprender” a vivir bien, y para esto se utiliza la libertad: para querer querer. Es ahora cuando empleo toda lo aprendido en la comunidad de aprendizaje, ya sea teórico o práctico, utilizando mi inteligencia y voluntad para realizar actos buenos que tienden a la virtud. ¿Qué es la moral? El arte de vivir, de ejercer la libertad, de conocer y adquirir por medio de la práctica, buenas costumbres que tienden a la virtud, a la excelencia, con la única finalidad de ser “más”… ser más persona cara a Dios.

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