¿Qué tanto soy “señor de mí mismo?

Por: Eusebio Tovar Medina

En nuestra naturaleza está la búsqueda de la comodidad, la ley del menor esfuerzo y el procurar el placer de nuestros sentidos; sin embargo, esto no nos lleva necesariamente a la plenitud, por el contrario, dejarnos llevar por lo que pide nuestro cuerpo sí que nos puede meter en serios aprietos. No es fácil forjar un carácter capaz de dominar la comodidad y los impulsos propios de nuestro instinto. Sin embargo, si nos consideramos personas capaces de autodominio, tendríamos que tender a ello. El autodominio debe comprenderse como una actitud que nos impulsa a cambiar positivamente nuestra personalidad. Cuando no existe esa fuerza interior, se realizan acciones poco adecuadas, quedamos expuestos a caer en excesos de toda índole y entramos en un estado de comodidad que nos impide concretar propósitos. Una persona dueña de sí misma es de trato sencillo, porque no guarda “sorpresas” desagradables y sabes en cada momento cómo es.

Algunas personas han opinado que la fuente para lograr el autodominio proviene de la aplicación de algunas técnicas para relajarse, y aunque efectivamente pueden ayudar, no debemos perder de vista que las virtudes se forman a través del ejercicio diario.

¿Te consideras una persona con autodominio?

Si respondes positivamente a las siguientes preguntas, podrás calificarte una persona con dominio de sí misma.
• Evito el deseo de enterarme de lo que no me incumbe.
• Sé escuchar a los demás.
• Procuro no distinguirme por comer abundantemente.
• Evito decir disparates y vestir de forma estrafalaria.
• No me dejo llevar por los disgustos y contratiempos.
• Procuro la cordialidad y delicadeza en el trato con los demás.
• Sé decir que no ante invitaciones no edificantes que me hacen los amigos. • Evito quedarme en cama más de lo necesario.
• No hago comentarios imprudentes.
• Aprovecho bien el tiempo.
• Tengo la capacidad de privarme de un gusto o capricho.
• No busco ser el centro de atención en todo lugar, acaparar las conversaciones, presumir mis logros, compararme continuamente con los demás.
• Evito la murmuración y la crítica.
• Soy reflexivo ante las problemáticas que me asaltan.
• Soy capaz de cambiar de canal de televisión ante un programa inconveniente.

Si contestaste negativamente a algunas de estas preguntas, puedes empezar por lo siguiente:

– Dedica unos minutos cada día para reflexionar y elaborar una pequeña lista sobre las situaciones cotidianas que normalmente te disgustan, provocan pereza, te hacen caer en excesos y aquellas en las que evades tus responsabilidades.

– De la lista obtenida, selecciona dos de todas ellas (puedes elegir entre las interrupciones en tus trabajos, desaprovechar frecuentemente el tiempo, desvelarte con frecuencia, no dedicar el tiempo.

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