Regresé al Liceo… pero como papá. ¿Por qué seguir el mismo camino?

Por: Pedro Antonio de los Santos Ayala,
Papá Liceo y exalumno.

Mi decisión por elegir al Liceo como opción para mis hijos, empezó por mi propia experiencia en el mismo.

Hasta el día de hoy y con frecuencia escucho a mi papá, de manera anecdótica, recordar su primera entrevista en el colegio y la describe como “el acto más trascendental para su familia después de casarse”, y no era para menos. Desde entonces el Liceo era un colegio que involucraba de manera frecuente a los matrimonios, planteando la formación espiritual y actividades para toda la familia, algo que en realidad resultó una novedad y que al inicio a él le costo mucho, pero ahora es algo que agradece enormemente.

De niños nuestra primera experiencia académica fue en otro colegio, el cual al ser mixto tiene un ambiente y costumbres muy diferentes. Cuando terminé la primaria y era momento de pasar a secundaria mi mamá fue a pedir información al Liceo que en ese momento se encontraba en la calle de Río Caura en la Colonia del Valle, aún recuerdo la inquietud que ella tenía en esa época y como se la planteaba a mi Papá, el cual, con muchas dudas, concretó una cita con el entonces director del colegio Carlos Sánchez Ilundáin.

Para el siguiente ciclo escolar ya estábamos inscritos, no teníamos la menor sospecha de lo que esto haría en nuestra educación, sabíamos que el colegio era una institución con más disciplina y con formación espiritual, nuestra idea de la formación era simplemente que tendríamos clases de religión y nada más, no imaginábamos la profundidad de la formación espiritual que ofrecía el Liceo hasta vivirlo.

Aún es fecha que mi papá hace mención de sus entrevistas de preceptoría y recuerda con cariño a nuestros entonces maestros y como diferían en opinión de algunos temas, siempre con el fin de buscar juntos lo mejor para nosotros. Muchos de los consejos de nuestros preceptores de aquella época son ahora costumbres muy características de nuestra familia los cuales mis padres lo recuerdan con gran afecto.

La experiencia de llegar al colegio para mis hermanos y para mí no fue menos impactante. El colegio era una realidad muy distinta a la que habíamos vivido en nuestro colegio anterior, desde la manera en que los alumnos convivían con los profesores hasta la forma de portar el uniforme, fueron algunas de las cosas que desde el principio nos llamaron la atención, y no es que no hubiéramos estado acostumbrados a ver educación o respeto, simplemente se notaba una atención especial y hasta podría decir afecto.

Aún recuerdo ese ambiente, en donde la familia era una pieza clave en el colegio, a tal grado que algunas mamás estaban a cargo de la tiendita y vendían taquitos hechos por ellas mismas, los cuales eran una delicia para nosotros, en ellos se sentía una especie de cariño que me resulta difícil de explicar.

Dentro de las actividades para los padres de familia recuerdo que había cenas, conferencias, eventos de carácter social y otras dinámicas formativas, esto lograba una integración que no era común en aquel entonces en otros colegios, pero ya el Liceo lo fomentaba con mucho éxito. Cabe mencionar que la formación humana en mi casa empezó a ser de una manera diferente.

Muchos fueron las costumbres y los hábitos que el colegio nos puso como novedad, y mis padres, en especial mi mamá, se encargaron de aplicarlos en casa. En general fueron muy buenas costumbres que tomaban en cuenta detalles que antes no les prestábamos atención: la forma de vestir, los horarios establecidos para nuestras tareas, las clases de la tarde, hasta el rezo de algunas oraciones durante el día se fueron convirtiendo en nuevos actividades en casa.

Ya de padres de familia en nuestra primer entrevista como matrimonio y solicitando  información, nos entrevistarnos con el entonces director Enrique Mendoza, el cual nos recibió con una atención y afecto verdaderamente especial, despertó en mí un sentimiento muy similar al de muchos años atrás precisamente al que sentía cuando era estudiante, enseguida me dio la sensación de que estábamos cerrando un ciclo y empezando uno nuevo para nuestros hijos y digo cerrar un ciclo porque nunca hubo en mí alguna duda de que mis hijos estudiarían en el Liceo y así fue, gracias a Dios y a mi esposa.

Al platicar esta anécdota me di cuenta que este sentimiento lo han tenido mis hermanos y algunos amigos, es en verdad una experiencia muy satisfactoria que con frecuencia comentamos. Hasta la fecha no dejamos de apreciar y admirar el ambiente que se vive en el colegio, es un aprecio que perdura en mi familia, ahora sí desde un punto de vista muy diferente como padres todos en los Liceos.

Recientemente a mi esposa y a mí nos ha tocado formar parte como papás en el Liceo de niñas, lo que para nosotros pudo haberse entendido como una experiencia totalmente diferente, pero la realidad es que no lo es. Desde nuestra primera entrevista y hasta la fecha se podría decir que el ambiente nos resulta muy familiar y cálido.

Viendo en retrospectiva sin duda el entrar al Liceo llevó hacia nosotros un despertar en nuestra familia, podríamos decir que lo que más le agradecemos al colegio son la calidad de las amistades que ahí hicimos y cómo estas influyeron de manera tan positiva y con tanto cariño en nosotros.

En este momento podemos decir mi esposa y yo que estamos seguros que este sentimiento de arraigo y aprecio por el colegio lo vamos a ver también en nuestros hijos, que ya se les nota ese sentido de pertenencia, que es el resultado de los principios y valores que se fomentan en el colegio y son los mismos que reciben en casa.

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