Servir para vivir

Por: José R. Reinoso Domenzáin, amigo del Liceo

No hay duda que el mayor anhelo que puede tener el hombre está en encontrar la felicidad, ¿quién de nosotros no buscaría que nuestros hijos puedan lograr una vida llena de plenitud?, sin embargo, analicemos la felicidad que en general nos ofrece el mundo.

Hoy en día nuestro entorno está envuelto en un clima de violencia desatada, con constantes amenazas de crisis económica, lleno de desencantos por la actuación de nuestra clase política, y por si fuera poco, con un constante bombardeo por parte de los medios de comunicación de una cultura llena de materialismo y sensualidad; ante todo esto, en general la felicidad que el mundo nos vende, se reduce al éxito personal, entendido como: “la consecución de una posición de gran importancia dentro de una organización, en donde se reciba un muy buen salario, que nos dé un estatus social de gran reconocimiento, y en donde el servicio es una prestación más, en la que a mayor nivel de éxito se tendrá acceso a un mayor número de servicios, empezando por personas que ayuden en el quehacer doméstico hasta choferes, niñeras, guardaespaldas, etc”. Es cierto que nada tiene de malo buscar el éxito personal, sin embargo, ¿es lícito e inteligente poner nuestra felicidad en función de conseguirlo?

Cuando una persona pone su felicidad sólo en el logro del éxito personal, está destinada a asumir que no siempre será feliz. El éxito personal, puesto que se mide en función de lograr los resultados propuestos, nunca está al alcance de todos, ni puede ser sostenido, ya que está sujeto a distintos factores que son cambiantes y que además algunos de ellos no dependen directamente de nosotros. A pesar de todo esto, sí es posible ser feliz en todo momento, independientemente de conseguir o no el éxito personal.

Ser feliz, ser pleno, es algo al alcance de todos en todo momento, la felicidad, dista mucho del concepto de aquella que el mundo nos ofrece, la felicidad auténtica, ni siquiera se encuentra en nosotros mismos –como algunos autores lo plantean- la felicidad  verdadera se encuentra en los demás, en servir a los demás buscando su propio bien, sin embargo lograr entenderse a sí mismo como servidor de los demás no es tarea fácil, es tarea que comienza desde la familia.

El núcleo de la familia es el matrimonio y como tal, los cónyuges deben entenderse a sí mismos como los primeros al servicio del otro, lo cual implica que su proyecto más importante y prioritario sea lograr la felicidad del otro a través de un amor incondicional y por encima de todo lo demás. Ésta donación amorosa y recíproca encuentra su manifestación más concreta en la concepción de los hijos.

Ante esta realidad cada cónyuge tiene ahora una nueva tarea, estar y saberse, no sólo –y en primer lugar– un medio o instrumento al servicio del otro para hacerlo feliz, sino también al servicio de los hijos lo cual plantea grandes desafíos. Es necesario no confundir el paternalismo –en el cual se le da a los hijos lo que quieren o  lo que les gustaría– con el verdadero servicio de dar a cada quien lo que necesita y requiere.  Los padres deben saber exigir adecuadamente a los hijos pero también con mucho cariño y amor.

Los padres además de servir adecuadamente a los hijos, deben infundir este acto en ellos mediante su ejemplo, dejándoles claro que el mejor espíritu de servicio –como decía San Josemaría Escrivá– es aquel en el que no damos ocasión de que nos den las gracias, servir con delicadeza, de una forma oculta, hacer de ese servicio una forma de vida y que cuando se falte en la tarea que se realiza, los demás puedan sacarla adelante por la experiencia que generosamente se ha dejado en ellos.

¿Cómo infundir un espíritu de servicio en nuestros hijos? Antes que nada que vean en nosotros un ejemplo de servicio a nuestro cónyuge y a los demás (nuestros colaboradores de trabajo, clientes, amigos, e incluso de las mismas personas que ayudan en las tareas de servicio del hogar) y después, hagamos que su rutina cotidiana tenga un sentido de servicio a los demás, que se den cuenta que cuando hacemos las cosas por servir, por una caridad auténtica, esa tarea adquiere un valor sobrenatural, más grande de lo que podríamos imaginar. Pongamos de moda esas costumbres que se han perdido, formemos hijos caballerosos para que sus hermanas vean en ellos un ejemplo y busquen un buen marido, formemos hijas que vean en el quehacer cotidiano la fuente de felicidad de sus maridos para que ese trabajo tenga un sentido mucho más profundo, y nosotros profesores veamos en la formación de nuestros alumnos el sentido más importante de nuestra tarea y sepámonos instrumento para transmitir el conocimiento; pues al final, cómo decía la Madre Teresa de Calcuta: “Quién no vive para servir, no sirve para vivir”.

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